No derramen sal, que no hay quien limpie

Creo que recibimos lo que pedimos, que si acumulamos méritos obtenemos de alguna manera un premio de los albores del universo y si pasa lo contrario no queda otra que resignarse a la represión. Es bastante mencionado por algunos credos celtas u orientales.
En la creencia Wicca por ejemplo, de cometer algo negativo este se verá revertido tres veces más contra ti; está también el número de darmas y karmas que se acumulan durante la vida y obviamente al que más me remito: la ley del boomerang, lo que hagas, bueno o malo, volverá hacia ti, de alguna manera siempre lo hace.
La suerte no debe ser confundida con la probabilidad, pues la suerte en todo caso, parece darse bajo la ejecución de alguna acción que buena o mala, importante o irrelevante despierta una reacción de sucesos en cadena que si llaman la atención denominamos suerte. La probabilidad por lo contrario no planea ni premiarte, ni sancionarte, es la otra fibra del universo que se da sin ningún motivo aparente porque ni Dios tiene tiempo de planear lo que pasará con tu café, ni tú de darte cuenta de ello. Con todo esto quiero decir que la probabilidad muchas veces puede ser calculable y medida, que con un poco de iniciativa propia y conocimientos físicos de alto alcance puedes determinar como caerán los dados. Pero la suerte, pasando por todo aquello supernatural que la controla, tiene un asta que tú llevas en la mano.
Pensar bien, estar bien. No es mala suerte que te arresten si pretendes pasar polvillos mágicos por la aduana.
Claro que aún no hemos tocado el supuesto caso de que todo esté de nuestro lado, mente cuerpo, cosmos, tengamos el perfecto empleo, una boda volteando la esquina, los mejores pronósticos de la astróloga radial, el viento suave y ligero en nuestro rostro y algún cristiano olvide ajustar un tornillo en el ala del avión que nos lleva de vacaciones. ¿Suerte, probabilidad? Ojalá no tengamos que ver el lado oscuro de ninguna, ojalá sólo nos diera pases libres y helados gratis en el cine.